Reflexiones sobre liderazgo educativo, gestión escolar e innovación. Aquí voy dejando por escrito lo que aprendo en el camino.
28 de octubre de 2026
La IA en los colegios ya no es una pregunta de acceso
Durante años preguntamos si las escuelas tendrían acceso a la inteligencia artificial. Hoy la pregunta de fondo es otra: quién decide cómo se usa, con qué criterios y quién responde por ella.
En septiembre, la UNESCO reunió en su sede de París a autoridades, docentes e investigadores en la Digital Learning Week 2026. Más de 25 ministros de educación adoptaron allí una declaración que, leída desde la gestión escolar, dice algo incómodo: no basta con que la IA llegue a los colegios. La educación debe seguir siendo un bien común, y las decisiones sobre la IA deben tomarse con deliberación pública, rendición de cuentas y protección de los derechos de estudiantes y docentes. La declaración pide, además, que quienes ofrecen estas herramientas demuestren su beneficio educativo antes de implementarlas.
En paralelo, la UNESCO abrió una consulta global sobre la gobernanza de la IA en educación, con documentos sobre temas como la soberanía de los datos, la seguridad de los estudiantes y las compras públicas. Sus conclusiones se presentarán en marzo de 2027. Es una señal clara de hacia dónde va la conversación: menos entusiasmo por la herramienta y más preguntas sobre las reglas.
Desde mi experiencia dirigiendo colegios, veo tres riesgos concretos. El primero es adoptar sin evidencia: incorporar una herramienta porque otros lo hacen, sin saber qué problema resuelve ni cómo sabremos si funcionó. El segundo es reemplazar lo humano: dejar que la tecnología ocupe el lugar de la relación pedagógica o del esfuerzo de los estudiantes, que es justamente donde ocurre el aprendizaje. El tercero es ampliar brechas: los beneficios de la IA dependen de docentes formados y de una gobernanza responsable, y donde eso falta, la tecnología separa más de lo que une.
Por eso propongo cinco preguntas que cualquier comunidad escolar puede hacerse antes de comprar o pilotear IA. Primera: ¿qué problema concreto queremos resolver? Segunda: ¿quién decide y quién responde si algo falla? Tercera: ¿qué evidencia pediremos antes de ampliar su uso? Cuarta: ¿qué datos usa la herramienta, dónde quedan y quién los ve? Quinta: ¿cómo vamos a formar a docentes y directivos para usarla con criterio?
Ninguna de estas preguntas es técnica. Todas son de liderazgo. Y en Chile tenemos una oportunidad: la nueva ley de protección de datos personales, la Ley 21.719, nos obliga a ordenar cómo tratamos la información de estudiantes y familias. Podemos vivirla como un trámite o como la ocasión para definir, de una vez, nuestros criterios para usar tecnología en la escuela.
Mi convicción es simple: la IA bien gobernada propone y las personas deciden. Cuando cada propuesta explica su porqué, cada paso queda registrado y los datos del colegio siguen siendo del colegio, la tecnología deja de ser una amenaza y se convierte en lo que debería ser: tiempo devuelto a los equipos para lo que realmente importa, el aprendizaje de los estudiantes.
¿Tu escuela ya definió sus criterios para usar inteligencia artificial? Me encantaría saber cómo lo están abordando.
Fuentes: UNESCO, declaración ministerial de la Digital Learning Week 2026 y consulta global sobre educación en la era de la IA (unesco.org).
13 de octubre de 2026
Antes de delegar en agentes de IA, definamos qué decisiones no se delegan
Las organizaciones corren a incorporar agentes de IA. En educación, la pregunta de fondo no es qué herramienta usar, sino quién conserva el criterio.
Esta semana coincidieron dos lecturas que parecen de mundos distintos. Un informe de MIOTI Tech & Business School, basado en más de 70 líderes de tecnología y recursos humanos de 25 sectores, muestra que 7 de cada 10 quieren que las personas pasen a supervisar el trabajo de los agentes de IA y no a ejecutarlo. Al mismo tiempo, una columna de Infobae recuerda que estudiar sigue siendo esencial para desarrollar criterio, justo cuando una máquina puede responder por nosotros.
Ambas apuntan a lo mismo: la IA avanza desde responder hacia hacer, y por eso el criterio humano se vuelve más valioso, no menos. El mismo informe advierte que el 73 % teme las alucinaciones operativas y el 69 % no sabe con certeza adónde van los datos que alimentan estos sistemas. Cuando un error ya no queda en un texto, sino que llega a un proceso real, la supervisión deja de ser opcional.
Mi punto de vista es que los colegios y las redes de educación pública están en una posición particular. Tenemos procesos administrativos pesados, como asistencia, matrícula, comunicación con apoderados, reportes y planificación, que son candidatos naturales para agentes. Y tenemos una ventaja que muchas empresas no tienen: una cultura profesional del criterio pedagógico. Esa ventaja se pierde si adoptamos herramientas por moda y sin reglas.
Propongo tres preguntas antes de automatizar cualquier cosa en una escuela o en un servicio local de educación. Primera: ¿qué decisión estamos delegando y quién responde por sus consecuencias? Segunda: ¿qué datos de estudiantes y familias tocan estos sistemas, y sabemos adónde van? Tercera: ¿cómo mediremos si algo mejoró? Esta última no es menor. Un sondeo de Cenisoft a cerca de 100 empresas tecnológicas colombianas halló que el 32,7 % ya opera agentes como "empleados digitales", pero el 30,77 % aún no mide su impacto. Es una muestra pequeña y de otro sector, aunque la señal es clara: se adopta más rápido de lo que se evalúa.
En educación hay además un matiz. La guía Inteligencia artificial para docentes, de Guillermo Cánovas, insiste en no delegar en la herramienta lo que corresponde al criterio: leer, contrastar, argumentar y decidir. Y un texto por el Día Mundial de los Docentes advierte que generar más materiales no significa enseñar mejor. Trasladado a la gestión: automatizar más informes no significa gestionar mejor.
Mi apuesta es empezar pequeño: un proceso acotado, un responsable humano, datos claros y una métrica de antes y después. La IA bien usada libera tiempo para lo que ningún agente puede hacer: conversar con una familia, acompañar a un docente, resolver un conflicto de convivencia. Ese tiempo es el verdadero retorno de la inversión.
21 de septiembre de 2026
Transición Laboral
Llevo más de 15 años alternando entre cargos, instituciones y contextos distintos: un liceo emblemático, direcciones de educación municipal, una consultora propia, y hoy un rol de innovación dentro de un DEM. Cada uno de esos cambios significó, en algún momento, salir de un lugar conocido para entrar a uno que todavía no terminaba de entender.
Quiero hablar de eso hoy: de la transición laboral, no como un trámite entre un cargo y otro, sino como un proceso que merece ser mirado con la misma seriedad con la que miramos un plan estratégico.
Como coach y como director, he aprendido que toda transición atraviesa tres momentos, aunque casi nunca se viven en ese orden prolijo:
Soltar. Antes de asumir algo nuevo, hace falta soltar lo anterior — no solo el cargo, también la identidad que construimos alrededor de él. Postergar ese cierre es una de las formas más comunes en que una transición se estanca antes de empezar.
Recuerdo especialmente una de esas transiciones. Salía de un liceo emblemático, en un momento de mucha exposición pública y de un desgaste que había ido acumulando en silencio durante meses. Durante semanas cargué con la sensación de que dejar ese cargo significaba también dejar algo de quién había sido yo hasta ese momento. Me costó soltar antes de poder ver con claridad hacia dónde quería avanzar. Hoy entiendo que ese "costarme" no fue un error del proceso: era el proceso.
Sostener la pausa. Es la parte incómoda: ya no soy lo que era, todavía no soy lo que voy a ser. Ahí aparecen las dudas más honestas, y también las mejores preguntas. He aprendido a no apurar esta etapa, aunque todo alrededor empuje a hacerlo.
Decidir de nuevo. El nuevo comienzo no llega cuando firmamos un contrato o asumimos un cargo, sino cuando empezamos a tomar decisiones desde el lugar nuevo, y no desde el anterior.
Justamente por eso, parte de mi trabajo hoy también es acompañar a otros directivos y equipos que están atravesando su propia transición — no para acelerarla, sino para que la atraviesen con más conciencia y menos desgaste.
Si hay algo que le diría a quien está transitando un cambio laboral hoy, es esto: no busques certezas donde todavía no las hay. Busca claridad sobre qué estás dejando ir, y coherencia con lo que quieres construir. Eso sostiene mucho mejor que cualquier plan perfecto.
¿Estás en medio de una transición laboral, o acompañando a alguien que lo está? Me encantaría leer tu experiencia en los comentarios.